Las mesas brillantes combinan con las sillas blancas. Hay una familia que se divisa a lo lejos. Él trata de pasar desapercibido. Con una mano sostiene un vaso; con la otra, aprisiona sus tesoros en una bolsa de residuos. Sus movimientos son lentos, pausados, casi fotográficos. Aquella bebida caliente resulta un elixir para sus labios. Examina cada mesa en busca de algún resabio de comida que sirva para completar su cena nocturna.
La bandeja conserva unas servilletas de papel, que usará como pañuelos improvisados para aliviar las lágrimas de soledad. Se sienta en una esquina y observa cómo el mundo continúa con su ritmo, sin notarlo: a él, a su existencia, a su alma.
El café persiste intacto, sin probar, esperando que disminuya la temperatura. Esa tibieza lo remite al pan casero que hacía su abuela al rescoldo, con cenizas de chañar, a los mates con braza y al olor a hielo en el aire. Todo se desvanece con los llamados a los pasajeros por el altoparlante, como su empleo en la destilería.
Una melodía resuena en el café:
“Walked the avenue, 'til my legs felt like stone
I heard the voices of friends vanished and gone.”