Las hojas caían sobre la calle Orfila, los álamos amarillos y naranjas poblaban el escenario. Mi nariz amaba ese aroma a hojas secas y conservas de estación que se escapaba de las casas del poblado. Yasemín o Jazmín (como le decíamos) había prometido ayudarme a preparar el dulce y la jalea de membrillos. El día anterior habíamos ido con mis hermanos a la finca de los Lucentini a cosechar los frutos que habían quedado de la “raleada”: cuando los cosechadores (que generalmente venían para la época de la vendimia) aprovechaban y se quedaban hasta antes de Semana Santa para levantar los cultivos de membrillo. Los criollos estaban llenos de pelusa que provocaban mi estornudo y la variedad Smyrna era la más codiciada porque provenían de tierras de Medio Oriente. Los ejemplares más grandes y amarillos eran los elegidos para ser vendidos por Giovanni Lucentini a la fábrica Noel; los más pequeños y picados o quemados por la helada eran los que recolectábamos en los cajones con mi familia. Giovanni, agradecido de que le ahorráramos el trabajo de limpiar las plantas.
Yasemín tenía el mismo origen al igual que los membrillos, más bien su Padre había llegado desde la Península de Crimea escapando de la primera Guerra Mundial. Su nombre era Vladimir y había trabajado para un pequeño productor de aceite de oliva que abastecía la región. Con la irrupción del conflicto bélico había decidido viajar a Argentina a la provincia de Mendoza y se instaló en un pequeño distrito llamado Orfila. El destino fue elegido por dos variables: su primo Mustafá vivía allí y le conseguiría trabajo en la bodega y además estaba el Molino donde el famoso General San Martín refinaba sus harinas.
Mi amiga llegó con su pañuelo blanco con diminutas flores, que eran cerezos en flor: una burka que le recordaba a su tierra. Su contextura era frágil, delicada, con unos ojos verdes como las aceitunas Arauco vibrantes y chispeantes. Sus cabellos eran castaños como el color de una avellana y su sonrisa tímida e iluminada. Su expresión no era la misma de todos los días pero no era de transmitir sus sentimientos, su costumbre era callar.
Mi hermano más grande colocó los cajones en el piso, sobre el mesón en el patio estaban tres tachos: uno para las semillas, las cáscaras para la jalea y el otro con la pulpa que junto a las nueces de Santa Rosa serían los “pancitos de nuez y membrillos”. Yasemín traía su Baklava y su café molido para nuestra merienda, que sería cuando ya los sarmientos y la algarroba estuvieran invadidos por el fuego y cocinando nuestras mixturas. Cuando terminábamos la jornada una copita de anís shami era reconfortante.
Busqué la radio superheterodino que mi Tío había traído de la ciudad para escuchar el radioteatro y la novela de “la Tita”, cuando la voz barítona de Julio Sosa invadió el parral junto a la astringencia que despedían los membrillos:
He llegado hasta tu casa
Yo no sé cómo he podido
Si me han dicho que no estás
Que ya nunca volverás
Si me han dicho que te has ido
Cuánta nieve hay en mi alma
Qué silencio hay en tu puerta
Al llegar hasta el umbral
Un candado de dolor
Me detuvo el corazón
Nada, nada queda en tu casa natal
Solo telarañas que teje el yuyal
Y el rosal tampoco existe
Y es seguro que se ha muerto al irte tú
Todo es una cruz…
Nada, nada más que tristeza y quietud
Nadie que me diga si vives aún
¿Dónde estás? Para decirte
Que hoy he vuelto arrepentido a buscar tu amor
Los ojos de Jazmín se llenaron de lágrimas al momento que se sentaba en un latón de cosecha verde. Me senté a su lado y le pregunté qué había sucedido, luego de unos segundos interminables confesó:
-Emilia, el Octavio se fue a vivir a La Toma (San Luis), se enteró que el Papá me quiere casar con Kadir y me abandonó. Kadir (o “el turco”, como le decían) era un comerciante textil que había viajado desde Izmir hasta el Puerto de Buenos Aires y se había trasladado al pueblo de Junín. Tenía el negocio frente a la Plaza Municipal: Tiendas Elmelaj. Su mercancía eran telas de oriente, sedas, hilados, lanas para el invierno y hasta la bolsa de arpillera para la cosecha. Tenía unos cincuenta años y Yasmine tenía dieciséis.
Vladimir había prometido a su padre que casaría a su hija con un practicante musulmán y también sus intereses se regían por la comodidad económica y su ingreso al club social al pertenecer al clan Elmelaj, donde había transmitido con una Hesperidina las buenas nuevas de las nupcias.
Por otro lado estaba Octavio, era hijo de unos caseros que cuidaban una finca a unos kilómetros en Medrano: tocaba el violín que su abuelo había traído desde Bermeo, un pequeño pueblo en el norte de España. Le gustaba leer y aparte era carpintero. Proveía de muebles de pino a todos los distritos más cercanos y también hacía los cercos para los viñedos. Dos años atrás en el novenario de San Cayetano de Orfila se habían cruzado con unas sopaipillas y unos mates. El arco de la capilla fue testigo de su intercambio de palabras y su primer beso. Su relación consistía en cartas con perfume a lavanda y romero que yo me encargaba de entregar.
Octavio descubrió los planes de Vladimir con un cliente que le comentó lo escuchado en el club social e inmediatamente emprendió su viaje a San Luis donde buscaría trabajo como peón o en el ferrocarril. Decidí buscar en mi tarro de café – alcancía (mí Tía insistía en que lo alargaban con beteraba), saqué mis ahorros para poder solventar el pasaje de tren para mi amiga. Llegué a su casa donde estaban bordando las sábanas y preparando los pañuelos para el ajuar y le dije a Amalia, su mamá, que íbamos a ir a comprar más tela de broderie y la acompañé a la estación, suplicándole que me enviara un telegrama cuando llegara. Pasaron los días y, como habíamos quedado, me fui a Rivadavia donde enviarían el telegrama para no levantar sospechas: confirmé que estaban juntos y bien. Sin embargo Kadir había recibido noticias de un puestero al que él le vendía lonas: había visto a su novia en la plaza de La Toma en brazos de un joven rubio, alto y de buen semblante. Reconoció a Octavio cuando le describieron como interpretaba el concierto de Aranjuez en el almacén – bar para juntar unos pesos.
El turco alistó la Chevrolet y partió hacia La Toma. Llegó con la humedad del viento chorrillero, le dio unas monedas al posadero y con un rifle Manchester (que le había comprado en Izmir a un escocés renegado) apuntó al vasco. Octavio protegía a su amada pero ella decidió sucumbir a los deseos de Kadir exigiéndole que dejara vivir a su compañero.
Kadir decidió esperar a la noche para viajar sin tanto escándalo y pidió a la mañana siguiente que el encargado del registro civil lo casara en su casa. Por mucho tiempo no vi a Yasmine en el pueblo.
Los días transcurrieron, los meses, las estaciones, nuevamente retornaron las hojas amarillas y naranjas, el Baklava y Yasmine. Ella traía una biblioteca hecha de quebracho con mis iniciales inscriptas “E.O.” (Emilia O’Ryan). Era simple, de columnas firmes y en la parte superior había un trébol de cuatro hojas labrado con sus ensortijados brazos. Lo había encontrado en el canal de riego y se lo había dado para que le trajera suerte. La fragancia a cera fresca denotaba que lo habían lustrado hacía poco. Se quedó conmigo por el fin de semana porque el lunes tenía que volver a La Toma: ella había puesto un negocio de delicias turcas donde cocinaba su baklava, lokum, künefe o kanafeh y el favorito de Octavio: el lokma, son trozos de masa frita de harina, almidón y sémola de trigo envueltos con una gran cantidad de jarabe de limón. Su textura es crujiente y su sabor ultra dulce debido al azúcar que se usa en el almíbar, casi idénticos a los churros de acá.
Octavio seguía tocando música en el club social y había instalado una pequeña carpintería donde hacía todo lo que se necesitara en el pueblo. En cuanto a Elmelaj, había caído de un escalón mientras acomodaba unos rollos de gabardina: era tan avaro que no quería contratar un dependiente que lo asistiera. Le diagnosticaron un síncope y a la semana murió. Semanas después Yasmine viajó hacia San Luis.
Comenzamos a pelar los membrillos, con nuestros tachos y el humo acariciando nuestros rostros, nuestro ritual de encender la música no podía evadirse. Comencé a sintonizar el aparato cuando Edith parecía susurrarme:
Si un jour la vie t'arrache à moi
Si tu meurs, que tu sois loin de moi
Peu m'importe, si tu m'aimes
Car moi je mourrais aussi
Nous aurons pour nous l'éternité
Dans le bleu de toute l'immensité
Dans le ciel, plus de problèmes
Mon amour, crois-tu qu'on s'aime?
Dieu réunit ceux qui s'aiment
Si la vida te arranca de mí
Si mueres, estás lejos de mí
No me importa, si me amas
Porque yo también moriría
Tendremos eternidad para nosotros
En el azul de toda la inmensidad
En el cielo, no más problemas
Mi amor, ¿crees que nos amamos?
Dios reúne a los que se aman
