El colectivo permanece anclado en la estación, mientras la fila se hace cada vez más extensa. Quizás no debería haber salido... había tanto ruido que no escuché bien lo que decía, pero su presentación en el aula magna fue increíble; su perfume me abrazaba desde el atril. La invitación a un restaurante con pelotero me pareció extraña. Una primera cita en un lugar que sirve un buen espumoso, pero con pelotas flotando entre partículas orgánicas, no lograba hacer sentido en mi cabeza.
Quiero cruzar a comprar cigarrillos; hace una década que no fumo, pero, ¿qué mal me haría? Si sobreviví a la AstraZeneca, el tabaco es inocuo en mis pulmones. El quiosco enfrente vende una mercadería particularmente pequeña, casi imperceptible: una cajita con letras en chino y un celofán mal pegado, desde el cual asoma un peluche hipopótamo. No había chequeado el calendario y el Día del Niño me toma por sorpresa. Nunca entendí esos festejos, como el Día del Niño, el Día de la Madre, o la Navidad. Son solo una excusa para reunirse con la familia y después, durante meses, criticar lo que se habló, comparando y aconsejando sobre cosas que uno no solicitó.
Los chicos llevan los pequeños hipopótamos magenta en las manos, que luego enganchan en clips sobre sus cabezas o torsos. Después de lidiar con las mamás, los globos y los disfraces, que en un mes serán obsoletos, debería escuchar a un albañil hablando de la reivindicación política de una tal Mayra, mientras su destapacañerías aplasta mi chatita y destroza mi empeine.
El vaivén del colectivo acompaña en perfecta cadencia las sonrisas inquietantes de los hipopótamos magenta, que me recuerdan al Guasón. Me provoca náuseas. Es increíble cómo el oído puede captar múltiples conversaciones, con todas sus diferencias y particularidades, y solo apropiarse del chismerío.
Un niño disfrazado de maripolilla tiene el hipopótamo enganchado en la nariz. Grita que le devuelvan la tablet, mientras yo, revisando mi sombra smoky en los párpados, me doy cuenta de que el reflejo en la ventana funciona como un improvisado pero excelente espejo. A pesar de la excesiva calefacción y la humedad provocada por el exceso de pasajeros, el maquillaje está intacto. Intento no apoyarme para evitar que el olor a humedad rancia y ropa mal lavada del lugar se adhiera a mi abrigo.
A mi lado, un joven ortodoxo me advierte con la mirada que me sujete bien. Seguramente nota mi expresión de disgusto. Ya falta poco
para llegar a Constitución; el olor a aceite quemado y las fragancias baratas comienzan a impregnar mi ruana. Empieza a oscurecer,
pero aún es temprano. Se filtra la AM del chofer donde se comenta sobre las explosiones en Siria causadas por bippers y lo fácil que
es infiltrar ese tipo de tecnologías para las células de Hezbollah.
Cada vez que estoy en el Roca, tengo el mismo temor y ansiedad de llegar lo antes posible a la estación. Sube un hombre corpulento
con una remera xeneize. Debo respirar hondo para no vomitar mientras se jacta ante sus compañeros de fútbol de no haberse duchado en un mes.
Miro por la ventana: los niños con hipopótamos sonrientes sobre sus cabezas empiezan a soltar sus globos. Una señora en silla de ruedas,
con su hipopótamo colgando de un pañuelo en el cuello y un Pikachu amarillo gigante, arroja su peluche a las vías mientras se prende
un cigarrillo. Sus rostros se tornan impávidos; parecen estar en trance.
Levanto la vista al cielo, que comienza a teñirse de un oscuro hollín con formas y sombras. Una lluvia opaca parece avecinarse. Bajo del colectivo, enciendo un cigarrillo y, mientras mastico un Beldent, escucho un poco de Crazy Life de Toad the Wet Sprocket. Me retoco el corte estilo Meg Ryan en el baño de la estación, verifico que mis medias ultra opacas estén intactas, vaporizo un poco de Mom sobre mi ruana y me encamino al restaurante.
Son varias cuadras. Los chicos están quietos, abandonando sus tablets, globos y juguetes mientras se sientan en la vereda, balbuceando palabras ininteligibles. Los padres intentan calmarlos, prometiéndoles que no los van a retar y que les comprarán un iPhone nuevo. Los niños se mecen de un lado a otro con el juguete chino sobre sus cabezas, luego se sientan en la vereda, balbuceando. Yo me pongo los auriculares nuevamente, y Mazzy Star me susurra Fade Into You mientras me pregunto cuál será tu fragancia, si tendrás un auto, si pido un vino tinto para parecer más de barrio y lo que realmente me gusta, si hablo de literatura o de mis vecinos.
Las cuadras se sienten interminables. Las veredas están llenas de pequeños espectadores, mientras los teatros presentan obras con hombres adultos vestidos de formas absurdas. Levanto la mirada hacia el cielo de nuevo: figuras extrañas danzan entre el hollín. No escucho nada; mi música me aísla mientras recibo un mensaje tuyo diciendo que vas retrasado. Me da tiempo para entrar y probarme el nuevo perfume de Guerlain.
La vendedora está ocupada con una madre que tiene un ataque de ira por su hijo. El niño, sobre el mostrador, se balancea y balbucea; un hipopótamo se asoma desde su nariz, mientras la madre le pide a su terapeuta holístico que le haga ejercicios de respiración para sacarlo del trance. Yo, en el paraíso, disfruto de los probadores a mi disposición. Espero que tu perfume sea especiado y amaderado; no soporto a los hombres que huelen a frutas. Por primera vez no tengo que soportar a la vendedora frustrada que expulsa todo su resentimiento de movilidad social cuando le pedís que te muestre las fragancias. Generalmente manejan las marcas más promocionadas que no son las mejores, pero ese puesto las nutre de una postura o jerarquía de la cual adolecen. Me dirijo a la caja con un sachet de baño de crema, solo para comprar algo, pero la cajera me dice que están por cerrar y no pueden atenderme. A mi alrededor, madres, niños balbuceando y padres inmersos en sus teléfonos crean una sinfonía de fondo, mientras Into Dust de Mazzy Star sigue sonando en mis oídos.
Llego al restaurante. Las mozas van y vienen. Me siento en una mesa. Los niños están en una tarima junto al pelotero, con sus hipopótamos
colgando de las cabezas, magenta y con esa inmensa sonrisa. Pienso en salir un rato a fumar, pero por la ventana observo chicos balbuceando
en la vereda con los hipopótamos moviéndose de un lado al otro. Me avisas que has llegado. Veo tu abrigo color canela, tu pashmina y el
aroma a clavo de tu perfume, intoxicante. Me acerco, me saludas y, detrás de ti alguien me dice:
—Hola, te compré un hipopótamo cuando salí del show de Panam.