Pa

Después de tantos momentos, de tanta vida dicha sin alzar la voz, recién ahora, puedo escribirte...

El perfume tibio de la levadura flotando en el aire,
las manos curioseando entre especias nuevas,
y Wallace gritando Freedom en la pantalla:
todo eso me acerca más.
Más a vos, a lo que fuimos,
a ese nosotros que se armaba en cada gesto compartido.

El desierto se abre como un sueño quieto,
la jarilla crece silvestre en los bordes de mi memoria,
y suena Clifford T. Ward,
con su Gaye, suave y dulce,
mientras el segundo café entibia la mañana
y, de reojo, veo al mundo romperse en guerras,
tan distintos, tan iguales, decías,
miralos… son como nosotros.

Un buen whisky en la mano,
y vos, con esa voz que todo lo volvía urgente:
“En el nombre del padre, miralo, el pibe nunca se rinde.”
Después, la noche nos encontraba
con Pedro Navaja y Rubén Blades,
la música siendo casa, siendo abrigo.

...

Nunca me enseñaste la receta de la masa,
y cuando te lo pedía, sonreías y soltabas:
“Es fácil… la vas llevando.”
Esa forma tuya de decir sin decir,
de dejar que lo simple se vuelva misterio.

Y después, DiCaprio,
desnudo y herido, saliendo de un caballo partido por el hielo,
vos te reías con sorna:
“Diez grados bajo cero… bueee…”
Y le gritabas a Darío:
“Tocate otra de Clapton.”

“Si ves el tren, esquivalo.
Lo ves venir… esquivalo.”
Otra de tus frases de ley,
como cuando me dejabas el Jockey Suave en la mesa
pero me pedías que no fume delante tuyo.

Y esa vez que entré al recital,
la emoción te ganaba la voz:
“Grabame un poquito…
esa la conozco… grabame la que canta con Paco de Lucía…”

Después de tantos momentos,
de tanta vida dicha sin alzar la voz,
recién ahora,
puedo escribirte.

Pa.