Se acercaba el primero de mayo y tendría que hacerme cargo de la hostería por dos semanas. Las tareas serían diversas, desde dejar las canillas abiertas goteando a la noche para que no explotaran cuando la temperatura descendiera bajo cero hasta ir a buscar a la proveeduría las botellas de gaseosa y fernet Vittone para los empleados de Kraft. La jornada comenzaba a partir de las seis de la mañana baldeando el amplio patio delantero y encendiendo todas las estufas a gas para templar el viejo hotel. En el living que hacía las veces de lobby había un inmenso equipo de música y un televisor: aprovechando que no estaba el dueño podría escuchar cualquiera de los discos compactos truchos que se apilaban debajo de la mesita ratona.
Ese día pareció no amanecer nunca ya que una densa neblina oscurecía el patio trasero y se me hizo imposible adelantar el lavado de las sábanas. Igual no sería una dificultad porque los únicos que se hospedaban eran los pensionados fijos: una abuela que había sido despojada de su finca y a la cual la visitaban todos los jueves sus nietos y un policía divorciado que siempre escuchaba música de Luciano Pereyra.
Luego de repasar un poco los muebles, ventilar y ocuparme de atender a los proveedores me retiré a almorzar. Tenía un sueño que no se pasaba con nada, quizás lo atribuía a tantas noches que no podía dormir porque era interrumpida por el timbre de los clientes. Por la tardecita me preparé unos mates y puse el DVD para escuchar un concierto de Sarah Brightman. Esos gustos sólo podía dármelos cuando no estaban el jefe y su esposa ya que ellos siempre escuchaban a Juan Gabriel o Los Palmeras, trataban de iniciarme en sus conocimientos de la cumbia santafesina. Por lo tanto cuando no se encontraban en el lugar yo aprovechaba para disfrutar todos los discos que me compraba en la Feria Persa.
Horas más tarde corté un pedazo de queso con unas uvas en grapa y le calenté a la abuela y al policía un guiso de lentejas, no lo cobraría debido a que el rosarino no estaría supervisando el despacho de comida. Luego de verificar las canillas del exterior, que no hubiese pérdida en las llaves de gas y saludar a los comensales retorné a mi queso y uvas en grapa con ésa sensación de cansancio extremo.
Súbitamente sentí una bocina en mi cabeza: ¿una bocina o una sirena? El ruido era tan estridente que no podía definirlo. Dos hombres altos con uniformes blancos ingresaron por la puerta de la cocina y con palabras inentendibles me sostuvieron hasta llevarme a un automóvil: no distinguí si era una ambulancia, una camioneta o un utilitario. Solamente un movimiento raro y el olor a quemado, como a humo, como un metal a punto de fundirse. Tal vez eran amigos del pensionista de las fuerzas públicas porque sentía a los lejos “porque aún te amo y sigo enamorado” pero mi cuerpo no podía moverse ni articular palabra… solo ese olor a quemado y las altísimas notas del lujanense colonizaban mis sentidos. De repente el movimiento se detuvo, estaba en un cuarto de paredes color amarillo mal pintado, transpiradas y observaba arriba, en unos pequeños anaqueles, alacranes que subían y bajaban. El olor al humo continuaba cada vez más intenso pero la melodía había cambiado por “me muero de celos”. Trataba de emitir sonido pero no lo lograba: pensaba que quizás en unos días cuando volviera mi empleador se descubriría sobre mi rapto, o “la nona” (como yo le decía) al extrañar mis viandas gratuitas trataría de averiguar mi paradero.
El tono de la pared me era familiar, el ruido del goteo del agua también, pero no entendía por qué no podía reaccionar hacia esos estímulos. De repente sentí un aleteo que simulaba el sonido del girar de inmensas aspas de avión en mis oídos y ese olor a metal fundido, a quemado...
Cada centímetro de mi cuerpo parecía muerto, inerte, sin sensibilidad. Los alacranes habían empezado a subir por mis pies y no
podía quitarlos y los alaridos de Pereyra y el vestido rojo eran una tortura. El último intento fue mover la mano y sentir un
ruido de vidrios que se estrellaban contra algún elemento. La puerta comenzó a abrirse, una tela color celeste sucia y amarillenta
se asomó junto a unos ruleros y una red mal puesta, unas pantuflas despegadas resaltaban en ésas paredes húmedas y exclamó:
-¡Nena, se está fundiendo la olla, apagá el caloventor que le sale humo! ¡Te quedaste dormida con la grapa y las uvas!