Las sombras de los antiguos brezos de la hondonada natural de Devil’s Punchbowl se proyectaban en el terreno. Mis compañeros intentaban evadir aquella área porque supuestamente estaba hechizada, como contaban las leyendas medievales de la región.
Hacía meses estábamos preparando nuestros ensayos que más tarde serían presentados como respaldo académico para las diferentes colegiaturas a las que asistiríamos. Por lo tanto esos parajes eran nuestro punto de encuentro para descansar.
Desde lejos unas chimeneas con moho oscuro se imponían en el agreste páramo. Las tonalidades grisáceas se confundían con el cielo que anunciaba lluvia. Nos sentábamos a deleitarnos mirándola: ésa mansión tan inmutable, errática, a su vez solitaria, expectante, parecía llamarnos con una voz transportada por el viento. Unos ventanales blancos pertenecientes al altillo cubiertos de formas romboides custodiaban perennes cada movimiento.
Viggo, el filósofo del grupo, utilizó varios argumentos hasta que al final nos convenció de investigar aquella victoriana morada. Un chirrido fue el preámbulo de nuestra llegada junto a la humedad y el acre que colonizaba nuestras fosas nasales.
Las paredes cubiertas de un papel tapiz que parecía moverse junto a nuestros pasos, en el cual resaltaban unos grabados que evocaban mis ensayos escritos sobre William Blake.
Una melodía resonante, orgánica y exótica provenía desde la habitación que se encontraba al final del pasillo. Nos cautivó porque tenía más notas de lo que estábamos acostumbrados a escuchar en el conservatorio.
Cuando llegamos a la puerta un cerrojo con óxido permitía husmear lo que sucedía en el interior. Un joven de piel aceitunada pero peculiarmente palidecida vestido con un dhoti blanco crema estaba sentado en un taburete. Su puntiagudo zapato golpeaba el piso al compás del metrónomo.
Viggo, Liam y yo empujamos esa mohosa madera desvencijada hasta que sucumbió a nuestra voluntad.
Ya en la habitación, una biblioteca habitaba el muro principal junto a una ventana cubierta de hojas de brezos secas. Un espejo todo lleno de manchas reflejaba parcialmente nuestra presencia y un frío congelaba nuestros brazos.
El almohadón del taburete estaba hundido, la cítara sobre él y el metrónomo marcando… a tempo.
Devil's Punchbowl