Era muy temprano a la mañana cuando esperaba su taxi a la estación. Había decidido viajar de Nines a Grasse. Por fin podría despojarse de ésa cámara Olympus Pen (diseñada por Yoshihisa Maitani). Infinidad de rollos acompañaban a ése instrumento maldito que la encarceló durante años. Fragonard sería su destino donde cumpliría su deseo de desempeñarse en la sala de maceración y filtrado. Allí rodeada de cubas de acero inoxidable en las que los concentrados de perfume se mezclaban con el alcohol y maceraban durante varias semanas se iniciaría el comienzo de una nueva vida. El sólo imaginar la extracción de las esencias de jazmines, orquídeas y las flores más exóticas del lugar paralizaba sus sentidos.
La Olympus parecía acusarla, decirle que era una mujer libertina y malvada. Étiennette había conocido a Blaise en una de sus recorridas por las perfumerías de París mientras tomaba su café en la Plaza Vendome, luego su rutina era husmear la Rue Castiglione donde visitaba la casa Chanel.
Blaise trabajaba en la casa Guerlain y era un perfumista avanzado. Aparentaba ser muy galante y amable. Étiennette hundía su nariz en su cachemira para redescubrir Eau Sauvage', la sensación del momento. Había logrado identificar los toques de limón, romero, lavanda, albahaca, vetiver, petitgrain y una pequeña nota de jazmín. Algo totalmente innovador teniendo en cuenta que los aromas florales no se usaba en las colonias para el sexo masculino. Étiennette había estudiado fotografía porque la elección era muy simple en su sencillo hogar en la Campiña en Nines. Las opciones eran dos: estudiar arte culinario o fotografía. La segunda le pareció más acertada para mudarse a París y estar más cerca de los grandes perfumistas de la región.
Por fin podría despojarse de esa cámara Olympus Pen...Blaise le sugirió que trabajara para él, que hiciera fotos para la casa Guerlain y de ésa forma en un futuro podría ingresar en los laboratorios y dedicarse a la manipulación de ésos tesoros aromáticos.
Tantas reuniones junto al Senna escuchando el río y sus músicos, las visitas a Montmartre con sus infinitas escalinatas, produjeron una fusión de intereses que simulaba un amor incipiente.
Étiennete veía un mentor y Blaise una amante sofisticada, una nodriza que cuidara su ropa y le cocinara. Sus días transcurrían con normalidad: ella sacando fotos en los campos de lavanda donde descansaban los envases labrados de la casa Guerlain y él siempre diciéndole que su trabajo era muy naif, que su compilación de fotos no eran apreciados por los encargados de publicidad de la marca... su origen campechano, según Blaise debía ser pulido.
Cada dos meses ella preparaba sus fotos utilizando nuevas técnicas, tratando de innovar, y los lunes de cada bimestre ella elegía los rollos para que Blaise los llevara al centro de revelado que tenía la casa Guerlain así verificaban su obra.
A pesar de estar acompañada, la fragilidad que le provocaban esos deliberados rechazos habían hecho estragos en su apariencia. Ella adoraba usar el cabello como Audrey Hepburn, tacones y Shalimar detrás de sus codos. Desde que coexistía con Blaise había dejado todas sus rutinas y su peinado era una maraña que denotaba lo enredado de su alma. Coexistía porque no era un amor, ni una relación ya ella se había transformado en el deber ser como lo que siempre había odiado en la dinámica familiar de la cual había huido.
Ese almidonar la camisa, preparar los zapatos, calentar el café sobre la estufa y esconderse para fumar su cigarrillo mentolado eran los únicos placeres a los que podía acercarse.
Bajaba del pequeñísimo departamento y caminaba por dos horas hasta llegar a un cafetín rodeado por perfumerías. Llevaba su cámara para captar en los escaparates todas las mercancías que se exhibían. Se preguntaba que había de malo con sus capturas: ella las veía similares a lo que veía en las vidrieras. Es más, hasta había tomado clases con Eddie Adams quien había traído con su instantánea la realidad de la guerra al mundo y había ganado el Pulitzer. Él la había instruido en el género de la Street Photography para que ella se aggiornara a las nuevas corrientes de imágenes.
Étiennette entonces esperaba ver salir a los clientes de las grandes casa de maestros de las esencias y disparaba fotos desde diferentes ángulos. Retornaba a su pequeño loft con los rollos para que Blaise los llevara al centro de revelado de Guerlain ansiando que el día de su reconocimiento llegara y pudiera acceder a trabajar en la empresa.
...lo obsesionaba ése panificado rústico, tradicional, con la P cursiva firmada.Mientras tanto sus días continuaban igual: lavado, planchado, buscar el pan para Blaise en lo de Lionel Poilâne; lo obsesionaba ése panificado rústico, tradicional, con la P cursiva firmada. Si le sobraba un tiempito se dirigía a ver qué había de nuevo en el mundo de sus amores: las fragancias. Frente a Fragonard había un hombre anciano con un sombrero exagerado. Su saco era extremadamente costoso, el olor a tabaco y haba tonka la sobresaltó. Estaba tomando una foto cuando le preguntó a qué se dedicaba. Le comentó que era ama de casa, de sus deseos de poder trascender mediante la fotografía y alcanzar el deseo más anhelado: trabajar en alguna casa de perfumes.
Le preguntó si tenía algo que hacer, le dijo que no y la invitó a pasar a Fragonard. Le explicó que para el área publicitaria se trasladaba una vez cada tres años a las universidades más renombradas donde colectaba los jóvenes más prometedores y los formaba para la compañía. Ella y sus esperanzas se disolvían como la sal en el agua. Casi podía respirar el olor del heno, recordar a su hermana ordeñando la vaca y horneando el pan, esa vida provinciana de la cual quería trascender. Su padre en la taberna contando sus proezas, su hermana con una hija a los quince años, no era algo vergonzoso pero se había propuesto lograr algo diferente. No mejor. Simplemente diferente.
De repente volvió al presente y mientras le temblaban las manos pensó que era la oportunidad de su vida. Quizás la única real. Lo miró fijamente diciendo que merecía una chance de demostrar lo que sabía, que cualquier puesto que le asignara no lo defraudaría.
El añejo empresario se sirvió un cognac, aspiró hondo y le ofreció un puesto en la maceración y filtrado en la planta de la perfumería. Era en Grasse y debería partir de París. Casi instantáneamente respondió que sí.
Bajó a la calle y subió al tranvía. Demoraba mucho pero era necesario para poder ordenar sus pensamientos y palabras, poder expresarle a Blaise su decisión.
Abrió la puerta y le preguntó que cuándo iba a prepararle su cena, que hacía tiempo había llegado de la oficina. Hizo que se sentara y le comentó de su propuesta de trabajo. Su expresión facial cambió: parecía uno de los personajes del Jardín De Las Delicias. Blaise, el creador, como decían las inscripciones en latín. Era el creador. La poseía y por lo tanto dictaba todos sus movimientos ¿cómo su creación había tomado individualidad? ¿Cómo osaba apartarse de él?
Se dirigió hacia la calle y del auto sacó una bolsa oculta debajo del Citroën DS 19 Cabriolet era muy pequeña y oscura. La trajo con un olor a gasolina y la tiró encima de la mesa. Exclamando con ira le confesó que si hubiera sabido que lo iba a abandonar no se hubiera tomado la molestia en esconderla. Dentro estaban todos los rollos de fotos que nunca había compartido en la compañía. Pegó un portazo y se fue.
Los rollos y la cámara quedaron en la cama junto a la ropa doméstica. En cambio se puso los tacones, el Shalimar, el turbante color arena y sus gafas a la Hepburn. Era momento de dejar el deber ser para ser el Ser.