Escabeche de vizcacha

Una tarde calurosa de noviembre...

Una tarde calurosa de noviembre, cuando el sol se torna de un amarillo intenso y parece rasgar la tierra, decidimos que debíamos ir a buscar el auto a Cacho, el mecánico, porque ya debería estar la correa arreglada. Y dentro de dos noches comenzaría el Festival Rivadavia Le Canta Al País, donde tendríamos nuestro stand con las conservas que preparábamos para los turistas. Las más requeridas eran la vizcacha al escabeche y las uvas a la grapa.

Antes de comenzar con nuestras labores, nuestro primer compromiso era con San Expedito y cumplir la promesa de llevarle unas velitas verdes con el folleto de la UTN para mi primo Benedicto: quería estudiar ingeniería agronómica para poder trabajar en el INTA. Así que nos alistamos para viajar hasta el santuario que estaba adentrado en Los Campamentos, un distrito muy pequeño rodeado de grandes arenales y dunas. Un Kalahari como la película que vi en el cine pero a media hora de casa.

Cargamos el termo, el mate y el cd de Divididos Acariciando lo áspero que habíamos comprado en Musimundo hacía unos días. Era toda una travesía poder franquear ése camino donde los chañarales y las espinas amenazaban nuestro avance. De vez en cuando un chimango extendía sus alas negras y enormes cubriendo toda la huella que debíamos cruzar.

...el cd que habiamos comprado...

Ramiro, el curandero del pueblo, nos había advertido que evitáramos el trayecto por la noche porque en las cercanías se encontraba el templo de San La Muerte y era muy fácil equivocar el rumbo con el de nuestro Patrono.

Mis amigas decían que si uno visitaba la grutita de San La Muerte de día y se hacían pedidos, eran para cosas buenas. Por el contrario si lo visitaba cuando no había luz solar los requerimientos no eran positivos.

En el desierto los colores del cielo se van tornando de amarillos, naranjas, magentas, rosas hasta que la noche refresca el terreno. Le pedí a mi padre que volviéramos y él me decía:
-Yo siempre llego, ya vas a ver. Ponete la Montecristo que pasan linda música.– Hice caso y seguimos la luz de los faroles hasta que divisamos un paraje a lo lejos.
Me dijo: -¿Viste? Ya llegué ya-. Había columnas de cemento grandes y blancas. Detrás, un arco que escondía una estatua dentro. Nos sorprendió ver gente a medida que nos aproximábamos. Pudimos observar que llevaban un atuendo extraño: unas capas negras y otras de un color borravino y unas máscaras como si fueran de una logia.

Mi papá se prendió un cigarrillo y me dijo: -¿Y éstos?–. Yo había apagado la radio y trataba de adivinar que había en ese receptáculo. Unas cortinas color bordó gastadas protegían un muñeco de plástico todo sucio. Era un esqueleto rodeado de ofrendas: una copa de vino, paquetes de cigarrillos, pulseras y aros.

Yo subí la ventanilla y le dije: -Papá vamos, no me parece gente normal, parecen una logia... O algo raro...

Me miró, se rió y me dijo: -Ya estamos en el baile vamos a bailar, ya'ta ya-. Se bajó del Peugeot, abrió la baulera, sacó un frasco de vizcacha al escabeche, se acercó a la gruta y dijo: “¡Te la dejo, a ver si me cumplís el pedido!”