Sorprende cómo algunos recuerdos se instalan en la memoria: una canción, una fragancia, un color... Imágenes de un papel metalizado verde con un pingüino y su enorme panza blanca llegan a mi presente. Junto a la voz de mi padre y la melodía de “Sobreviviendo” que Víctor Heieia (Víctor Heredia en mi lenguaje a los ocho años) se funden en un relato lleno de nostalgia, pesadumbre y la sensación de nunca llegar a conocer lo que realmente sucedió. Con sus ojos grandes, verdes y nobles mi padre comenzó a relatarme un hecho que sólo con el transcurso de la edad y madurez pude comprender.
...la melodía de "Sobreviviendo"...-Hija, hace mucho tiempo acá en la calle Lavalle vivía una familia muy buena. Ellos trabajaban en la cosecha en la temporada de vendimia. Elbio era su papá, su mamá se llamaba Clara y mi amiga se llamaba Eloísa. Elbio era tapicero, Clara trabajaba en La Campagnola en el envasado de duraznos al natural y Eloísa bailaba folclore y estudiaba en el Normal de San Martín. Eloísa estaba por cumplir los dieciocho años y todos pronosticaban en el pueblo que sería la próxima reina de la vendimia.
Volviendo a mi padre, nunca fue muy explícito en los detalles de los hechos sucedidos: -Hija, Eloísa era muy linda pero cada vez que “el gringo” estaba en la vereda, ella debía cruzarse porque este tipo le gritaba cosas y la perseguía. Nadie sabía con certeza a qué se dedicaba, solamente que salía al anochecer y volvía a la madrugada. Una o dos veces a la semana visitaba “El Pichón”, los cafés de la calle Boulogne Sur Mer y en una libretita anotaba información sobre la vida cotidiana de los vecinos. La única vez que me lo crucé, me preguntó que si aparte de trabajar tomando lectura de los medidores en el campo asistía a alguna reunión o estaba afiliado a algún partido a lo que respondí que no.
Una o dos veces a la semana visitaba "El Pichón"...Sin embargo –me dijo papá- este sujeto me pidió unas botellas de malbec que llevaba en el 404, criticó mi pelo porque lo usaba largo y se hizo de mi último paquete de Jockey Club. De esa forma pagué mi peaje seguro a casa.
Nunca entendí a qué se refería mi papá con “peaje seguro a casa”.
-Pasaron unos días y fui a comprar la carga para el sifón Drago, en el almacén de Don Cacho: me dijo que hacía mucho
no veía a Eloísa. Me preocupé porque era mi compañera de baile para el acto del Nueve de Julio en el Salón Cervantes.
Quedaban dos ensayos para bailar el pericón. Fui hasta el galpón donde mi papá guardaba en las latas de galletas
Terrabusi (con visor de vidrio), allí se asomaban las pasas preferidas de Eloísa. Rápidamente saqué varias, las
guardé en un frasco y me dirigí a su casa. Clara, su mamá, salió raudamente a mi encuentro verificando que nadie
observara. Me senté en la cocina mientras la pava sonaba como una sirena. Elbio prendió la radio a pilas mientras
subía el volumen para distraer posibles fugas de la conversación que llegaran al vecino. Me dijo: -No sabemos nada
de Elo (así la llamaban). Se fue a la Carolina a que le pusiera una puntilla en su faldón de folclore y no la vimos
más.- Su mamá estaba llorando y temblaba mientras me servía el mate.
–Lo último que sabemos es que estaba “el gringo” cuando fue a la costurera. Quizás él la quiso acercar en ese auto
verde grandote, que no le sé el nombre, para que ella no viniera caminando por la tierra. La Eloísa me estuvo
contando que quería hacer dulce de higo, por eso se puede haber demorado.
Entonces le pedí el auto a mi papá y me fui al Salón Cervantes para avisarle a la preceptora que apenas regresara Eloísa, ensayaríamos…
Yo era muy chica y no entendía lo que mi papá me estaba transmitiendo. Hacía poco había vuelto la Democracia y de algunas cosas no se hablaban. No obstante él siempre tenía la capacidad de que sus “cuentos” fueran tan fascinantes que uno quisiera indagar más en lo acontecido. Luego, ya en mi adultez, entendí por qué Eloísa nunca llegó al Cervantes a bailar el último pericón.