La Llave Maestra (The Skeleton Key) se hizo muy larga para mí. Hacía mucho tiempo que le había prometido a mi hijo verla juntos. Él se había tomado el trabajo de buscarla online y me preparó un café con crema para convencerme. La película me resultó algo extraña y perturbadora pero la banda de sonido me gustó y decidí agregar la playlist a mi Spotify que hace unas horas había anexado el disco Let Them Talk de Hugh Laurie.
Había anexado el disco "Let Them Talk" de Hugh Laurie.Al otro día madrugué con la helada negra, algo extraño en los pastos de Media Agua, San Juan, pero el invierno parecía haber pisoteado al otoño y el color terracota de las hojas se mezclaba con el humo de la quema para evitar la helada que amenazaba las cosechas tardías. Luego de un rato mi esposa me dejó en la terminal de ómnibus provincial.
Mi compañero Tito me esperaba con un café negro como la brea y con un sándwich de crudo de Las 3 F, que estaba envasado y listo para comenzar el desayuno, uno de nuestros placeres cotidianos.
Tito siempre cargaba un pendrive de unicornio que le había regalado a su hija Glenda, pero en realidad era excusa para llevar sus archivos de música que eran tan variadas como contrastantes desde Queen y Los Palmera hasta Adrián y Los Dados Negros, muy ecléctico por cierto.
De cierta forma los tres mil quinientos kilómetros desde San Juan hasta Perú se hacían más llevaderos con la música.
El colectivo era rojo y negro, tenía el servicio semi–cama y los clientes podían acceder solamente a café y agua. Por lo tanto cuando los viajeros subían se inundaba con diferentes aromas desde leche de tigre, milanesas, tallarines a la Huancaína y siempre se filtraba alguna burger por ahí. El viaje duraba dos días seguidos si no había ningún inconveniente, y la gente que se trasladaba generalmente lo hacía para comerciar las mercancías que habían adquirido en La Salada que más tarde venderían en el Perú. Llevaban por compañía unos bolsones gigantes de lona que serían sus copilotos en su empresa hacia el Norte.
Tito era el cebador asignado, conseguía una yerba que otro colega le traía de Misiones: para él era todo un ritual preparar “EL MATE”. Era fascinante observar el paso a paso de su rutina: primero colocar la yerba dentro del mate, volcarlo cinco veces y luego agregar ciertos yuyos que ayudaban a dormir mejor y a que los gases no entorpecieran la jornada laboral. Consistía en una cucharadita de pájaro bobo, otra de burrito y menta salvaje.
El viaje se hacía tedioso y extenso con días infernales y noches gélidas, las siestas eran eternas y con el resplandor del sol abrasante era necesario usar protector sino el ardor, por las quemaduras, no nos dejaba manejar.
El desierto de Atacama era uno de nuestros tramos, uno de los más extensos pero a su vez hermoso. Ésa sensación de lugar inhabitable que se enseñoreaba ante nosotros, donde siempre se veía una línea infinita que unía el cielo y la tierra. Cada vez que miraba hacia el horizonte se veía como una laguna ávida a tragarnos. Es increíble como el ojo humano puede ser tan fácilmente engañado.
Es increíble como el ojo humano puede ser tan fácilmente engañado.Naranjas, rosas, amarillos nos rodeaban con sus inmensos médanos y la neblina que provenía del Pacifico parecía asomarse a veces, una lucha antagónica entre las ráfagas húmedas y saladas que intentaban colonizar la aridez arrasadora.
La hoja de coca era una aliada para poder lidiar con el calor extremo y la altura que apunaban nuestros sentidos y el motor del bus que parecía quejarse cuando comenzaba a subir el terreno.
Las leyendas y bitácoras de viaje ayudaban a que las horas pasaran más amenas. Mi experiencia con el circuito a Calama era casi nula, pero mis compañeros siempre compartían sus vivencias. No obstante mi escepticismo y yo (en privado) nos burlábamos de lo escuchado. Una de las anécdotas más frecuentes eran las de llamados, llantos y hasta voces en Calama. Los más viejos en el oficio aseguraban haber visto sombras que se proyectaban en los médanos. Siempre resaltaban lo imperante de transitar esa zona lo más rápido posible y evitar tener que parar allí, para evitar un “encuentro tortuoso”.
Pero recapitulando a lo anterior, Tito comenzó a sentirse mal. Deduje que su parada en la Estación de San Pedro en Atacama y el hecho de que engulló una Patasca Guisado con Pisco no le hizo bien. Él siempre me decía que yo comía sándwiches para dieta pero mi pan negro con queso port salut evitaba que me indigestara con la comida de los paradores.
Por lo tanto el conductor sería yo ahora. El orden era primordial para mí y ajusté mi asiento, los espejos, preparé mi termo de café y mi lista de Spotify con el disco nuevo de Hugh Laurie sino seguía todo ese orden mi toc me ponía nervioso e irritable. La voz de Laurie y ese jazz de Nueva Orleans apaciguaban mi ansiedad.
Arranqué el motor y transité los primeros minutos por el páramo de Calama mientras escuchaba Swannee River bailando con mis manos sobre el volante cuando recordé que no había revisado las cubiertas. Miré a mi lado y Tito dormitaba, decidí dejar que se recuperara así él me relevaba luego.
Estacioné despacio: solo la luna iluminaba, bajé y me dispuse a golpear las ruedas para verificar el aire en ellas considerando que el calor había superado los 40 grados en el día y ahora no llegaba a los diez. La amplitud térmica tan brusca producía problemas en el material.
De repente escuché que me llamaban… el nombre Esteban resonó en la noche. Provenía de atrás del colectivo. Imaginé que era Tito que me buscaba, fui hasta el lugar y no vi nada: sólo pastos cortos y olor a sequedad. Inferí que había sido algún pasajero cuando sentí de nuevo repetir mi nombre.
Entonces verifiqué a los viajeros y todos estaban en los brazos de Orfeo, revisé la cama improvisada de mi colega y él dormitaba también.
Me recorrió un escalofrío y un sudor helado como si mi glucosa no existiera y fuese a desvanecerme. Respiré hondo y de un salto subí a la cabina. Revisé los espejos, el asiento estaba en su lugar y me disponía a seguir con mi playlist de Laurie cuando comenzó a sonar Death Letter: retumbaba en mis oídos aquella canción de la película La Llave Maestra sin que yo hubiera elegido ése archivo. Proseguí con mi labor sin comentarle a nadie lo acontecido.
...comenzó a sonar Death Letter...A la mañana siguiente una densa niebla reinaba en la calle San Borja donde la estación central de Buses de Perú, con las imponentes montañas detrás como si fueran los titanes de la mitología Griega la contuvieran. Todavía en mi cuerpo subsistía la remembranza de lo sucedido en la nocturnidad.
Tito ayudaba a los tripulantes con sus pertenencias y me encargó la tarea de verificar el estado del colectivo. Con mi anotador en mano fui chequeando todos los ítems que tenía que observar y su correcto funcionamiento. La parte delantera estaba en perfecto estado, lo único que había que rectificar era la limpieza de los insectos insertados en las hendijas del frente de la unidad, los laterales en perfecto estado. Por último me dirigí a la parte posterior y parecía todo en excelente condiciones cuando desde lejos observé una mancha oscura que sobresalía de la rejilla posterior del bus. Tomé una estopa para poder limpiarla y cuando me acerqué pude ver que la silueta era la de una llave. Tembloroso con un envoltorio de chicle tomé la llave antigua, plateada y con ondulaciones como la que se mostraba en el film que había visto con mi hijo.
Súbitamente la metí en una bolsa que la compañía daba para los residuos y decidí tirarla por un barranco que estaba cerca de donde estaba para que nadie la viera.
Subí al micro, apagué Spotify y fue mi último viaje a Calama.